La montaña será más segura para todos si NO subimos con elementos de valor como celulares, cámaras, relojes, joyas y ipods. Nada de esto se necesita para disfrutar lo que generosamente ella nos regala. La seguridad la construimos entre todos. Estrategia de seguridad.

miércoles, septiembre 23, 2015

ENTRE LA LOCURA Y LA LIBERTAD

Separaciones, muertes de seres queridos, quiebras, enfermedades……. Siempre la montaña nos escucha. Siempre ha sido ese espacio para el reencuentro con la vida y la alegría de la naturaleza. Siempre en su camino hemos encontrado a los otros caminantes que con sus afectuosas palabras nos acompañan y ayudan a retomar la vida.

Con esas relaciones de afecto y confianza que se construyen en la montaña, casi siempre vienen las historias de lo que para cada uno de nosotros esa montaña ha significado en esos momentos difíciles de la vida.

La siguiente es una de esas historias que muy generosamente comparte con nosotros un Amigo de la Montaña….


ENTRE LA LOCURA Y LA LIBERTAD

Tuve que hacerle frente a dos grandes frustraciones cuando las circunstancias me forzaron a someterme a un tratamiento dentro de un doloroso hospital psiquiátrico.

1. Una vez el tratamiento hubo avanzado, la frustración como consecuencia de reconocer que había accedido a la dimensión de la locura, que todo había sido una fantasía, que sí había estado loco.

2. La confrontación con la vida social y laboral cuando, después de haber logrado salir de un desesperante ambiente de encierro, me veo (de nuevo) caído y en dramática desventaja, y al mismo tiempo obligado a no dejarme ahogar, a “salir adelante”.

Fue muy desproporcionado cuando, teniendo aun conmigo el aura de esa vida de opresión, me encontré con la vida que sucede en las mañanas en la montaña. Siendo testigo de los niveles de libertad que se respiran en “La Vieja”, en mí la atmósfera de la montaña produjo (inicialmente) algo parecido a la timidez.

En tiempos en que todavía no iba la policía a “La Vieja”, y en que la población que subía era mucho menor a la que sube hoy por hoy, me encontré con una puerta abierta hacia los cerros y la crucé temiendo estar haciendo algo ilegal. Empecé a ascender con algo de culpabilidad, pero para mi sorpresa vi que con cierta frecuencia otras personas iban bajando cruzándonos, como si vinieran de un pueblo escondido allá en las alturas. Volví entusiasmado a la mañana siguiente y subí un poco más, y para no hacer más largo el cuento, para el sábado coroné en la Virgen!

La experiencia de esa semana me impulsó a iniciar (ahora sí) mi propio tratamiento cada mañana en la montaña. Debo añadir que, si bien para el común de las personas acceder por esa puerta era algo legal, no era algo del todo lícito para mí. El régimen clínico todavía no había terminado del todo, me encontraba en proceso de transición, o dicho de otra forma, de readaptación a la añorada vida común y corriente, y por tanto aún no había llegado a casa de mis padres. Ir allá (a la montaña), era una práctica clandestina por la que puse en riesgo mi recién adquirida (y aun incompleta) libertad.

Así, el anhelo por visitar la cima cada mañana me impuso dos exigencias conmigo mismo:

a. Debía salir lo más temprano posible para, de tal forma, volver lo más temprano posible.
b. El recorrido tendría que hacerlo en el tiempo más corto que pudiera.

El suplicio al que fue sometida mi alma durante ese año de vigilancia en el hospital, se transformó en fuerza para sobreponerme a la tolerable agonía a la que yo mismo sometía a mi cuerpo mientras subía corriendo hacia la cima. No es en vano el que de la sufrida África hayan surgido los grandes atletas de larga distancia del mundo.

El dolor en el corazón mientras corres en medio del ahogo puede ser insoportable pero es un sufrimiento colmado de amor, es un padecimiento que nos sana. Esa asfixia inaguantable nos acerca a la otra vida, al umbral entre la vida y la muerte. Es una experiencia parecida a la de aquellos que se han ido, visto la luz al final del túnel, y han regresado para iniciar una nueva vida. Es, tal cual, un parto.

“No puedo más!!”, nos gritamos internamente a nosotros mismos en medio de ese tránsito en que nos falta el aire, pero inexplicablemente nuestro cuerpo sigue y sigue como arrastrándonos; liberándonos de nuestros miedos y resentimientos; despojándonos de los dolores que egoístamente guardamos en el alma.

Admiro a los mayores que llegan a la Virgen; quiero llegar a ser como ellos. Su esfuerzo es una lección incisiva para quienes nos los cruzamos.

ANÓNIMO

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