La montaña será más segura para todos si NO subimos con elementos de valor como celulares, cámaras, relojes, joyas y ipods. Nada de esto se necesita para disfrutar lo que generosamente ella nos regala. La seguridad la construimos entre todos. Estrategia de seguridad.

martes, septiembre 29, 2015

PASEOS EN LAS MONTAÑAS. UN MUNDO PARALELO EN BOGOTÁ. – INSTITUTO GOETHE


Por: Gloria Susana Esquivel

Hace algunos años, un grupo de bogotanos descubrió que era posible caminar por las montañas de la ciudad. Hoy, los paseos ecológicos son una isla verde y un placer para muchos habitantes de Bogotá, así como un modelo de integración.

Vea el artículo completo en ESTE ENLACE.

miércoles, septiembre 23, 2015

ENTRE LA LOCURA Y LA LIBERTAD

Separaciones, muertes de seres queridos, quiebras, enfermedades……. Siempre la montaña nos escucha. Siempre ha sido ese espacio para el reencuentro con la vida y la alegría de la naturaleza. Siempre en su camino hemos encontrado a los otros caminantes que con sus afectuosas palabras nos acompañan y ayudan a retomar la vida.

Con esas relaciones de afecto y confianza que se construyen en la montaña, casi siempre vienen las historias de lo que para cada uno de nosotros esa montaña ha significado en esos momentos difíciles de la vida.

La siguiente es una de esas historias que muy generosamente comparte con nosotros un Amigo de la Montaña….


ENTRE LA LOCURA Y LA LIBERTAD

Tuve que hacerle frente a dos grandes frustraciones cuando las circunstancias me forzaron a someterme a un tratamiento dentro de un doloroso hospital psiquiátrico.

1. Una vez el tratamiento hubo avanzado, la frustración como consecuencia de reconocer que había accedido a la dimensión de la locura, que todo había sido una fantasía, que sí había estado loco.

2. La confrontación con la vida social y laboral cuando, después de haber logrado salir de un desesperante ambiente de encierro, me veo (de nuevo) caído y en dramática desventaja, y al mismo tiempo obligado a no dejarme ahogar, a “salir adelante”.

Fue muy desproporcionado cuando, teniendo aun conmigo el aura de esa vida de opresión, me encontré con la vida que sucede en las mañanas en la montaña. Siendo testigo de los niveles de libertad que se respiran en “La Vieja”, en mí la atmósfera de la montaña produjo (inicialmente) algo parecido a la timidez.

En tiempos en que todavía no iba la policía a “La Vieja”, y en que la población que subía era mucho menor a la que sube hoy por hoy, me encontré con una puerta abierta hacia los cerros y la crucé temiendo estar haciendo algo ilegal. Empecé a ascender con algo de culpabilidad, pero para mi sorpresa vi que con cierta frecuencia otras personas iban bajando cruzándonos, como si vinieran de un pueblo escondido allá en las alturas. Volví entusiasmado a la mañana siguiente y subí un poco más, y para no hacer más largo el cuento, para el sábado coroné en la Virgen!

La experiencia de esa semana me impulsó a iniciar (ahora sí) mi propio tratamiento cada mañana en la montaña. Debo añadir que, si bien para el común de las personas acceder por esa puerta era algo legal, no era algo del todo lícito para mí. El régimen clínico todavía no había terminado del todo, me encontraba en proceso de transición, o dicho de otra forma, de readaptación a la añorada vida común y corriente, y por tanto aún no había llegado a casa de mis padres. Ir allá (a la montaña), era una práctica clandestina por la que puse en riesgo mi recién adquirida (y aun incompleta) libertad.

Así, el anhelo por visitar la cima cada mañana me impuso dos exigencias conmigo mismo:

a. Debía salir lo más temprano posible para, de tal forma, volver lo más temprano posible.
b. El recorrido tendría que hacerlo en el tiempo más corto que pudiera.

El suplicio al que fue sometida mi alma durante ese año de vigilancia en el hospital, se transformó en fuerza para sobreponerme a la tolerable agonía a la que yo mismo sometía a mi cuerpo mientras subía corriendo hacia la cima. No es en vano el que de la sufrida África hayan surgido los grandes atletas de larga distancia del mundo.

El dolor en el corazón mientras corres en medio del ahogo puede ser insoportable pero es un sufrimiento colmado de amor, es un padecimiento que nos sana. Esa asfixia inaguantable nos acerca a la otra vida, al umbral entre la vida y la muerte. Es una experiencia parecida a la de aquellos que se han ido, visto la luz al final del túnel, y han regresado para iniciar una nueva vida. Es, tal cual, un parto.

“No puedo más!!”, nos gritamos internamente a nosotros mismos en medio de ese tránsito en que nos falta el aire, pero inexplicablemente nuestro cuerpo sigue y sigue como arrastrándonos; liberándonos de nuestros miedos y resentimientos; despojándonos de los dolores que egoístamente guardamos en el alma.

Admiro a los mayores que llegan a la Virgen; quiero llegar a ser como ellos. Su esfuerzo es una lección incisiva para quienes nos los cruzamos.

ANÓNIMO

domingo, septiembre 20, 2015

BOGOTÁ, UNA CIUDAD LLENA DE BUENAS PERSONAS

Los Amigos de la Montaña, comunidad a la que pertenezco, es una organización de ciudadanos y de caminantes de los Cerros Orientales de Bogotá que tuvo sus orígenes hace aproximadamente ocho años en la cuenca de la Quebrada La Vieja, en el barrio Rosales, en la localidad de Chapinero.
Buscamos cambiar la mirada que los ciudadanos y las instituciones tenemos de los Cerros Orientales, promoviendo su defensa, su cuidado y su uso público como oportunidad de encuentro respetuoso con la naturaleza y como espacio educador para la construcción de comunidad y la construcción de ciudadanía, mejorando la calidad de vida de todos los habitantes de Bogotá.
En esta primera entrada del blog quisiera contar un episodio que muestra el papel que los Cerros Orientales pueden jugar en la transformación de las relaciones entre los habitantes de la ciudad, si logramos ponernos de acuerdo para dar las condiciones institucionales y convertirlos en un espacio para el encuentro entre sus ciudadanos.
Hace aproximadamente cinco años la Secretaría Distrital de Hábitat organizó lo que llamaron una Expedición por los Cerros Orientales. Esta consistía en un recorrido de sur a norte de la ciudad bordeando los cerros por la vía más alta posible (Carrera Séptima, Avenida Circunvalar, etc.), en cinco buses llenos de líderes, principalmente de barrios populares ubicados a lo largo de los cerros.
Los buses entraban a algunos de los barrios en donde éramos acogidos por sus habitantes, quienes nos llevaban caminando hasta el salón comunal en donde afectuosamente nos esperaban con agua de panela o algo de comer. Allí nos contaban sus historias, sus problemas y la forma como los estaban afrontando.
Al subirme a uno de los buses solo puede ver la cara conocida de doña Patricia, líder del barrio Los Olivos, a quien pedí permiso de sentarme a su lado, convirtiéndola entonces en mi guía durante la expedición. Doña Patricia formaba parte de un grupo de habitantes de barrios populares de Chapinero (Juan XXIII, Bosque Calderón, Los Olivos) con quienes, con el pretexto del cuidado de los cerros y la recuperación de las quebradas de la localidad, desde hacía ocho meses los Amigos de la Montaña nos veníamos reuniendo semanalmente a conversar y a buscar soluciones a los problemas de los cerros y las cuencas de las quebradas La Vieja y Las Delicias.
Al final de la tarde y ya terminando la expedición, entrando al barrio El Codito a la altura de la calle 164, doña Patricia me hizo la siguiente confesión:
Andrés, yo le quería comentar algo. Es que nosotros antes pensábamos que esos ricos de Rosales, a los que nosotros no les importábamos, pues a nosotros tampoco nos importaban. Pero en estos ocho meses que llevamos trabajando juntos por los cerros, hemos visto que no. Que es chévere trabajar juntos. Y que trabajando juntos, entre todos podemos mejorar nuestra ciudad. ¡Y hemos descubierto que ustedes son hasta buenas personas!
Andrés Plazas

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