La montaña será más segura para todos si NO subimos con elementos de valor como celulares, cámaras, relojes, joyas y ipods. Nada de esto se necesita para disfrutar lo que generosamente ella nos regala. La seguridad la construimos entre todos. Estrategia de seguridad.

viernes, abril 11, 2014

MUCHAS GRACIAS

Los ciudadanos que hemos sido parte de los procesos de apropiación de las quebradas y de los Cerros Orientales de la ciudad hoy comprendemos que estos procesos no han sido asuntos puramente ambientales, sino también profundamente sociales y culturales. Y que ha habido colombianos valientes y visionarios que con sus actuaciones nos permiten hoy ver con esperanza el futuro de  nuestra ciudad.

Julio Carrizosa Umaña, decano del ambientalismo en Colombia y uno de los principales responsables de que en el año de 1976 se declarara la Reserva Forestal de los Cerros Orientales de Bogotá, el pasado 3 de abril escribe en el periódico El Espectador la columna titulada “El ambiente bogotano”. Con su publicación en nuestro blog los Amigos de la Montaña le queremos hacer un reconocimiento y expresar nuestra gratitud:



El ambiente bogotano

A pesar de todo hay cosas que mejoran en el ambiente bogotano: los habitantes de San Cristóbal le ruegan al Distrito que cumpla con sus planes de rehabilitación del Río Fucha; los empresarios empiezan a hablar en serio de utilizar las vías férreas para trenes urbanos, la Universidad de los Andes logra acuerdos con sus vecinos de Las Aguas para realizar una verdadera rehabilitación urbana de la cuenca alta del San Francisco, nadar en el río Bogotá y contemplar el Tequendama se convierten en objetivos nacionales gracias al Consejo de Estado. El Jardín Botánico florece y allí los docentes del Distrito alternan con los científicos ambientales, los caballos que halaban las zorras ahora pastan en la sabana, los recicladores se agrupan en microempresas, los míseros no pagan el agua, los enfermos pobres reciben al médico en sus albergues. Hay indicios de que Bogotá empieza a humanizarse.

Pero esa humanización de la capital no se logrará sino hasta que cese el odio, el odio que tuvo su clímax en ese aciago día de abril y que después se desparramó por todo el país conduciéndonos a la situación actual. El odio que vemos en las palabras, en los gestos y en las posiciones de quienes quieren que el país continúe segregado, sectorizado, estratificado, simplificado, dividido hasta en los detalles más ínfimos para evitar que se terminen sus posiciones ventajosas, para disminuir la posibilidad de que la unión de las razas, las clases y las imaginaciones disminuya el poder logrado mafiosamente.

Los avances logrados pueden ser considerados como demasiado pequeños para regocijarse si no se considera que detrás de ellos hay un proceso de modificación de ideas y de conceptos. El principal, destruir las murallas invisibles que dividen a los bogotanos, fortalecer la posibilidad de que todos nos consideremos ciudadanos y compatriotas. El segundo, recuperar para el centro de la ciudad el papel de ágora en la cual, integrados socialmente, logremos convivir y crear. Allí, en las laderas de Monserrate y Guadalupe, es posible que, uniéndonos sin odiarnos, la ciudad compacta sea también la ciudad de la reconciliación en el postconflicto.

Si no aprovechamos esta oportunidad, si volvemos a las viejas rencillas, si el norte continúa huyendo de la realidad, y si nuevamente ascendemos en la escala del odio, la ciudad perderá su liderazgo de paz y concordia y es posible que se convierta en un lastre que haría imposible la recuperación de la Nación.

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