La montaña será más segura para todos si NO subimos con elementos de valor como celulares, cámaras, relojes, joyas y ipods. Nada de esto se necesita para disfrutar lo que generosamente ella nos regala. La seguridad la construimos entre todos. Estrategia de seguridad.

jueves, octubre 08, 2009

Desde la Quebrada La Vieja - Segunda Parte


Fotografía de Raquel Castro

Por un mejor uso público de los cerros garantizando su cuidado y conservación.

Como complemento a nuestro documento “Desde la Quebrada La Vieja – Primera parte: La expresión de un sentimiento”, del 6 de junio pasado, que es un texto emotivo que, como su título lo indica, expresa los sentimientos que tenemos hacia nuestra montaña, en este conectamos algunos de sus fragmentos con acciones o con no acciones concretas, que contribuyan a un mejor uso público de la reserva forestal.


“Los amigos de la montaña somos personas que con nuestro caminar, en un dialogo constante y profundo de varios años con la montaña, nos hemos dejado tocar y hemos sido moldeados por ella, y en esa relación ella nos ha enseñado a amarla y a cuidarla. Mientras que durante el día la ciudad nos desnaturaliza, temprano en la mañana la montaña, en su generosidad, nos vuelve a naturalizar. Hoy la concebimos como un lugar sagrado. Hablamos con emoción de ella como si se tratara de una persona amada.” (“Desde la Quebrada La Vieja – Primera parte: La expresión de un sentimiento.” 06-06-09)

Con mucha frecuencia las personas creemos saber qué es lo mejor para las otras personas y especialmente para aquellos a quienes amamos. Cuando nos referimos a la montaña y al repasar el fragmento trascrito en el párrafo anterior, no cabe una interpretación diferente para la palabra “mejor”, que todas aquellas acciones, o no acciones, que sean respetuosas de la naturaleza, que contribuyan a su conservación y a su restauración.

Se necesita por lo tanto que haya una comunidad que ame y respete la naturaleza, y ese amor y ese respeto pasan necesariamente por un contacto y un conocimiento de ésta. Sin embargo, si pensamos que el vecindario de la montaña está constituido por una ciudad de siete millones de habitantes, es razonable pensar que tal encuentro no puede darse de cualquier manera:

- Debe existir como requisito indispensable y previo a cualquier acción, un estudio de capacidad de carga de la montaña para saber qué tantos visitantes puede soportar, qué actividades contribuyen a su cuidado y conservación, y además son respetuosas de ella, y cuáles ponen en riesgo su estabilidad.

- Debemos generar condiciones para que los ciudadanos, especialmente niños y jóvenes, tengan la oportunidad de dejarse tocar y moldear por la montaña y puedan llegar así a conocerla, respetarla y amarla. En ese sentido se deben continuar llevando a cabo, de una manera gradual, actividades de senderismo con los niños de los colegios de la ciudad, y al mismo tiempo deben habilitarse otros de los senderos existentes de acceso a los cerros, que ayuden a que el impacto no se concentre en unos pocos puntos, como ocurre actualmente.

- Debe también haber una gradualidad en la apropiación que los ciudadanos hagamos de los cerros: el habitante citadino que ignora la fragilidad de la montaña, por desconocimiento, corre el riesgo de depredarla al relacionarse con ella, por lo que deben establecerse unas condiciones mínimas de respeto y cuidado hacia la montaña para quienes quieran acercarse a ella, dándolas a conocer previamente, ya que se necesita tiempo para poder ser moldeado y educado por la montaña.


Reconociendo la conveniencia y necesidad de elaborar estudios de capacidad de carga y de impacto ambiental científicamente ejecutados y, teniendo en consideración esa gradualidad que debe haber en la apropiación que los ciudadanos hagamos de los cerros, y creyendo que la naturaleza moldea a aquellos que se dejan tocar por ella, pensamos que actividades como el senderismo y la educación ambiental se vuelven fundamentales en la creación de esas oportunidades para entrar en contacto con la montaña, y al mismo tiempo, en nuestro criterio, actividades como el camping o el bicicrós o las peregrinaciónes, colocan en riesgo su equilibrio.

Estamos seguros que esa progresiva apropiación que los ciudadanos hagamos de la montaña y de los cerros en general, debe ir acompañada de una serie de procesos cívicos orientados a su protección y cuidado, como la formación de guardabosques o guardianes voluntarios que sean orientadores de quienes visiten los cerros y a su vez, vigilantes de las actividades que no se deberían hacer en ellos.

Aunque es muy importante la determinación de lo que se puede o no se puede hacer en la montaña, más importante es definir la forma cómo se deben llevar a cabo las actividades que se escojan. La montaña no necesita visitantes ni turistas ni deportistas. Lo que necesita la montaña es encontrarse con interlocutores que quieran dialogar con ella.


Fotografía de Raquel Castro.

“Sin tener que pensar en adaptarla a nuestros miedos y necesidades creemos que se pueden crear las condiciones para que la montaña en particular, y los cerros orientales en toda su extensión puedan convertirse en un maravilloso espacio, que además de verlo como una reserva natural, lo veamos como una reserva para construir comunidad y construir ciudad.” (“Desde la Quebrada La Vieja – Primera parte: La expresión de un sentimiento.” 06-06-09)

En general, los habitantes de Bogotá tenemos la percepción de que los cerros son la frontera de la ciudad, un lugar externo a ella y no una de sus partes, un telón de fondo que la enmarca. Son percibidos como un lugar inseguro en donde atracan, pues no están incluidos dentro del perímetro de la ciudad donde la policía ejerce sus obligaciones. Para familias de muy escasos recursos económicos en ocasiones son un espacio en el que pueden de pronto encontrar un rincón donde construir un techo que los albergue, y urbanizadores y constructores de vivienda los ven como lucrosos y tentadores balcones dónde colgar edificios de apartamentos con “bella” vista sobre la ciudad.

Así como hay ciudades con río y ciudades con mar, nuestra ciudad es una ciudad con cerros, pero somos una ciudad que da la espalda a sus cerros, y no mira hacia ellos como un lugar que puede ser vivido. No los percibimos como un espacio que contribuya a la construcción de mejores seres humanos con una mejor calidad de vida para todos sus habitantes. La ciudad no sabe todavía lo que tiene en sus cerros, no los valora, y no encuentra como relacionarse con ellos.

La pregunta entonces sería ¿cómo hacer para que la ciudad mire con sabiduría hacia sus cerros, construyendo un nuevo y distinto vinculo con ellos, no resignándose simplemente a cuidarlos y conservarlos para minimizar su deterioro sino para que cada vez estén mejor, y cumplan una función en la construcción de comunidad y en la construcción de ciudad?

Estamos hablando de emprender acciones para que gradualmente los cerros se conviertan en una gran aula educativa que contribuya a la transformación de los ciudadanos para que la cuiden, la enriquezcan y sean cada vez mejores ciudadanos. Se trata de una construcción de otros valores, en una comunidad que ha aprendido el lenguaje de la montaña.

Amigos de la Montaña
Bogotá, agosto 31 de 2009.

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